El secreto del tiempo que pasa en nuevas formas de danza contemporánea

Dos de gala, espectáculo de danza que emociona realmente con su estética onírica y su dramaturgia de difícil identificación. En escena durante la reseña Madrid en Danza en el Teatro Paco Rabal el pasado 16 de mayo.

«La importancia de emocionarse – artes escénicas, danza, performance, instalaciones y mucho más» es la frase escrita en la página web principal de 10&10 de Narváez, Runde y Sanz. Sin entrar demasiado dentro de la trayectoria y de la historia de la compañía, esta definición explica perfectamente la “volátil” identidad de una formación, que en más de treinta años no para de evolucionar y hacerse preguntas sobre el lenguaje de la danza contemporánea, experimentando a través de creaciones oníricas de difícil definición. No son los únicos en hacerlo, eso es cierto, pero, a diferencia de otros, emocionan.
El espectáculo Dos de Gala, última creación de Narváez, Runde y Sanz, se destaca, de hecho, de esos productos de danza contemporánea de optimo nivel, pero totalmente autorreferenciales, pensados y construidos para una élite intelectual de expertos y amantes del sector. En ese sentido, tiene valor la frase «la importancia de emocionarse»: es un eslogan sincero, no simplemente un claim publicitario.
Si la valorización de la imagen en función dramatúrgica se ha convertido, en el panorama de la danza contemporánea de los últimos veinte años, en un dato obvio y ampliamente proyectado hacia una escritura escénica totalmente simbolista y ausente de un hilo narrador; si en función de “una super imagen nietzschana” – que nos hubiera tenido que salvar de los cliché y de los estereotipos – asistimos puntualmente a performances y coreografías de optimo nivel pero frías y alguna vez redundantes, Dos de Gala se distancia de todo esto: el espectáculo presenta una serie de cuadros, dramatúrgicamente bien conectados a nivel de contenidos, formas y estética. Cuadros, autorretratos e instantáneas de cotidianidad, de vida real y de vida soñada en un limbo en el cual es difícil entender qué es real y qué es sueño, qué es vida y qué es muerte.

Como en Dalí, los cuadros-escenas de danza parecen vinculados por un secreto, un secreto no bien descifrable, no bien “expresado”: de esta manera se deja total libertad al espectador de interpretar y buscar un significado a las imágenes que le vienen sugeridas, sin una imposición dramatúrgica.
¿Cuál es ese secreto que conecta las varias escenas entonces?
Podría ser el miedo del ser humano por el pasar del tiempo, el miedo de la vejez y por lo tanto la continua búsqueda de algo para alejar ese miedo, para sentirse todavía jóvenes. A lo mejor el secreto está escondido dentro de la matrioska que pende de un hilo en el proscenio, a lo mejor no es tán fácil identificarlo. A lo mejor son muchas las capas que se mezclan y se contaminan.
Podría ser también el pasaje de las temporadas en una sociedad mutante por muchos aspectos (tecnología, innovación, industrialización, libertad de expresión, igualdad de genero…) pero inmóvil en muchos otros sentidos; una sociedad de seres humanos que no cambian en sus dinámicas ancestrales, en sus anhelos latentes y subordinados al inconsciente. Es decir: hay cosas que, por cuanto lo intentemos como seres humanos y como sociedad, no pueden cambiar: «Homo homini deus est, si suum officium sciat» como escribió Plauto en su Asinaria (entre el 206 y el 211 a.C.) y como reiteró y popularizó Thomas Hobbes en su obra De Cive en el 1642 en Paris. El secreto es justo eso.

El deseo de poder, el deseo de dominar, el deseo sexual, el miedo a la muerte, y todo eso en danza. Deseos que se alternan en escenas de claroscuros, en escenas negras con puntos de rojo y de reflejos, en gestos, rituales y palabras individuales y de grupo dentro de una nueva dramaturgia formal y de una danza difícilmente clasificable y comparable con otras. Nuevas formas, por fin.
Único fallo: demasiado larga la escena orgiástica.
Esenciales y de eficacia imprescindible el diseño de iluminación, el diseño gráfico, la escenografía para la fruición de la obra.

Italiano

Dos de gala, spettacolo di danza che emozione realmente per la sua estetica onirica e la sua drammaturgia di difficile indentificazione. In scena, per la rassegna Madrid in Danza nel Teatro Paco Rabal lo scorso 16 maggio.

«L’importanza di emozionarsi, arti sceniche, danza, performance, installazioni e tanto altro» è la frase scrittua nella pagina web principale di 10&10 de Narváez, Runde e Sanz. Senza entrare troppo nel percorso e nella storia della compagnia, questa definizione spiega perfettamente la “volatile” identità di una formazione, che in più di 30 anni non smette di evolversi e porsi domande sul linguaggio della danza contemporanea, sperimentando attraverso creazioni oniriche di difficile definizione. Certamente, non sono gli unici a farlo, pero, a differenza di altri, emozionano. Lo spettacolo Dos de Gala, ultima creazione di Narváez, Runde e Sanz, si distanzia, di fatto, da questi prodotti di danza contemporanea di ottimo livello, ma totalmente autoreferenziali, pensati e costruiti per una élite intellettuale di esperti e amanti del settore. In tal senso, assume valore la frase «l’importanza di emozionarsi»: è uno slogan sincero, non semplicemente un claim pubblicitario.

Se la valorizzazione dell’immagine in funzione drammaturgica è diventata, nel panorama della danza contemporanea degli ultimi venti anni, undato ovvio e ampiamente progettata verso una scrittura scenica totalmente simbolista e priva di una traccia narrativa; se in funzione di una “nietzschana oltre immagine” – che ci dovrebbe salvare dai cliché e dagli stereotipi – assistiamo puntualmente a performance e coreografie di ottimo livello ma fredde e a volte ridondanti, Dos de Gala si distanzia da tutto ciò: lo spettacolo presenta una serie di quattro quadri, drammaturgicamente ben connessi a livello di contenuti, forma ed estetica. Quadri, autoritratti e instantanee di quotidianità, di vita reale e di vita sognata in un limbo nel quale è complesso capire cosa è reale, cosa sogno, cosa è vita, cosa morte.

Come in Dalì, i quadri scenici di danza sembrano vincolati da un segreto, un segreto non ben decifrabile, non ben “espresso”: in questa maniera si lascia totale libertà allo spettatore di interpretare e trovare un significato alle immagini che gli vengono suggerite senza una imposizione drammaturgica. Qual è, dunque, questo segreto che connette le varie scene? Potrebbe essere la paura dell’essere umano nei confronti del trascorrere del tempo, la paura della vecchiaia e, di conseguenza, la continua ricerca di qualcosa che possa allontanare questa paura al fine di sentirsi ancora giovani. Forse, il segreto è nascosto dentro la matrioska que pende da un filo nel proscenio, forse non è tanto facile identificarlo. Forse sono molti gli strati che si sovrappongono e si contaminano. Potrebbe anche essere il passaggio delle stagioni  in una società cangiante per molti aspetti (tecnologia, innovazione, industrializzazione, libertà di espressione, diversità di genere), però immobile in tanti altri; una società di esseri umani che non cambiano nelle loro dinamiche ancestrali, nei suoi aneliti latenti e subordinati all’inconscio. Vale a dire, ci sono cose che, per quanto possiamo comprendere come esseri umani e come società, non possono cambiare: «Homo homini deus est, si suum officium sciat» come scrisse Plauto nel suo Asinaria (tra 206 e 211 a.C.)  e come reiterò e “urbanizzò” Thomas Hobbes nella sua opera De Cive del 1642. Il segreto è proprio questo. Il desiderio del potere, il desiderio di dominare, il desiderio sessuale, la paura della morte, e tutto questo è danza. Desideri che si alternano nelle scene di chiaroscuro, nelle scene nere con punte di rosso e di riflessi, in gesti, rituali e parole individuali e di gruppo in una nuova drammaturgia formale e in una danza difficilmente classificabile e comparabile con altre. Dunque, nuove forme. Unico punto debole, la troppo lunga scena orgiastica.

Essenziali e di efficacia imprescindibile il disegno luci, il disegno grafico, la scenografia, per la friozione della opera.

[riduci]

El espectáculo se representó dentro de la reseña Madrid en Danza en el
Teatro Paco Rabal
Calle de Felipe de Diego 13,
28018, Madrid

Dos de Gala
idea original, coreografía, dramaturgia, escenografía y vestuario Inés Narváez, Mónica Runde y Elisa Sanz
música original y espacio sonoro Mónica Runde
otras músicas: Chaikovsky, Chopin, Wagner
grabación y edición de vídeo en escena Mónica Runde
diseño de iluminación Bea FD
diseño gráfico Luis Carlos Molina Cuevas
intérpretes creadores Luiscar Cuevas, Inés Narváez, Mónica Runde, José Luis Sendarrubias y Gonzalo Simón
luces, sonido y vídeo: Beatriz Francos
coproducción: Centro Coreográfico-Teatros del Canal
con el apoyo de: Ayuntamiento de Madrid, Ayudas CREA 2020 Artes Escénicas de la Fundación Caja Burgos, Teatro Pradillo – Investigación y Creación

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