Un país sin descubrir, dirigido por Álex Rigola, es un intento sincero y realístico de hablar de la muerte y sobre todo de la vida, a partir de diálogos entre el catedrático Josep Pujol en fin de vida y su hija Alba, actriz.

Castellano

Un país sin descubrir, diretto da Álex Rigola, è un tentativo sincero e realistico di parlare della morte e soprattutto della vita, a partire da dialoghi tre l’accademico Josep Pujolin fin di vita e sua figlia Alba, attrice.

Potremmo definire il testo riadattato da Alba Pujol un dialogo profondo sopra l’essere e il non essere. Una analisi filosofica, etica e antropologica non solamente sulla morte, ma anche sulla vita, sul perché l’essere umano scegliere di vivere o non vivere, morire o non morire.

Rigola firma la direzione di un spettacolo che senza troppo sentimentalismo e senza pedanteria, ci racconta di un padre e di una figlia che si congedano per sempre. In scena, Pepe Cruz nel rujolo di Joseo Pujol, accademico di Storia economica alla Universidad Autónoma de Barcelona morto l’anno passato di cancro, e Alba Pujol nel ruolo di se stessa, figlia del sapiente e cinico professore.

Un tavolo, una sedia, una piccola pianta, un computer e dietro di loro, uno schermo che rappresenza, quasi un deus ex machina, lo stesso regista Álex Rigola. Sullo schermo, come in un talk show, si proiettano temi, domande, personaggi e situazioni dei quali padre e figlia stanno parlando: individualismo, esistenzialismo, umanità e comunità, neoliberismo, amore, amicizia, figli, lavoro, paure, canco, ricordi di infazia. Josep Pujol e sua figlia Alba parlano di tutto, iniziano dall’individualismo, passando per Sartre, Shakespeare, Handke, fino ad arrivare a temi più pragmatici: il vestito del cadavere, come organizzare la festa del funerale, cosa mangiare. Quando la morte arriva. Lì non ci sono parole, ma il tenero sguardo di Alba mentre legge la lettera che suo padre, per ordine di Rigola, le scrisse prima di morire.

Ci chiediamo perché una attrice scelga di lavorare sopra la morte del padre in modo tanto forte e toccante, prima raccogliendo tutti i testimoni durante i suoi ultimi mesi in ospidale e dopo sulla scena dialogando con il pubblico. Anche se non abbiamo risposta, il risultato nella sua essenzialità e spontaneità ci colpisce. Tutto, dal testo alla interpretazione, dalle immagini ai video proiettati, è molto sincero. E soprattutto, il risultato è paradossalmente ironico, sarcastico, cinico. Non è facile parlare di morte senza cadere nella pedanteria e nella banalità. Alba Pujol si veste e spoglie in continuazione del proprio suolo di figlia, per entrare nel ruolo di attrice; però di una attrice che, come lei stessa dice all’inizio, interpreta sé stessa, «anche se può sembrarlo, non è facile».

Nel famoso scritto del Paradosso del commediante, Diderot ci segnala che “l’estrema sensibilità è ciò che rande gli attori mediocri; la sensibilità media, la moltitudine dei cattivi attori e la carenza assoluta di sensibilità, quella che prepara gli attori sublimi. Le lacrime del commediante scendono dal suo cervello: quelli dell’uomo sensibile salgono dal suo cuore”. Senza entrare nello specifico di un paradosso che, da tanto tempo, ha suscitato molti dibattiti e molte interpretazioni, Diderot ci parla di una sensibilità che deve essere maneggiata in maniera corretta: il grande attore è, dunque, quello che sa ricostruire le proprie emozioni attraverso un lavoro a mente fredda.

E qual è il ruolo che Alba intepreta se non una prova del paradosso di Diderot? La sensibilità le ha permesso di affontare i discorsi – le interviste con il padre in punto di morte e la decisione di metterla per iscritto; la ragione e la lucidità le permettono di salire sulla scena per rappresentare uno dei drammi più duri della sua vita: la morte del padre.

In una buona interazione con Pep Cruz che interpreta il padre, Alba Pujol attrava il conflitto di interesse tra l’essere figlia e l’essere interprete di sé stessa, passando dal paradosso di Diderot: non manca ovviamente la tristezza nei suoi occhi, in certi momenti umidi per le lacrime, però ogni volta che guarda al proprio collega di scena scembra realmente che lì ci sia suo padre.

[riduci]

Podríamos definir el texto readaptado por Alba Pujol un diálogo profundo sobre el ser y el no ser. Un análisis filosófico, ético y antropológico no solamente sobre la muerte, sino también sobre la vida, sobre el porqué el ser humano elige vivir o no vivir, morir o no morir.
Rigola firma la dirección de un espectáculo que sin demasiada sensiblería y sin pedantería, nos cuenta de un padre y una hija que se despiden por siempre.
En escena, Pep Cruz en el rol de Josep Pujol, catedrático de Historia Económica en la Universidad Autónoma de Barcelona muerto el año pasado de cáncer, y Alba Pujol en el rol de sí misma, hija del sabio y cínico profesor. Una mesa, una silla, una pequeña planta, un ordenador y detrás de ellos una pantalla que representa, casi un deus ex machina, el mismo director Álex Rigola.
En la pantalla, como en un talk show, se proyectan temas, preguntas, personajes y situaciones de las que padre e hija van hablando: individualismo, existencialismo, humanidad y comunidad, neoliberalismo, amor, amistad, hijos, trabajo, miedos, cáncer, recuerdos de infancia.

Josep Pujol y su hija Alba hablan de todo, empezando por el individualismo, pasando por Sartre, Shakespeare, Handke, hasta llegar a temas más pragmáticos: el traje para el cadáver, cómo conducir la fiesta del funeral, qué comer. Hasta cuando llega la muerte. Allí ya no quedan palabras, sino la tierna mirada de Alba mientras lee la carta que su padre, por orden de Rigola, le escribió antes de morir.
Nos pedimos porqué una actriz elija trabajar sobre la muerte del padre de manera tan fuerte e impactante, antes recolectando todos los testimonios durante sus últimos meses en hospital y luego en el escenario dialogando con el público. Aunque no tenemos respuesta, el resultado en su esencialidad y espontaneidad nos golpea. Todo, desde el texto a la interpretación, desde las imágenes a los vídeos proyectados es muy honesto. Y sobre todo, el resultado es paradoxalmente irónico, sarcástico, cínico. No es fácil hablar de muerte sin caer en pedanterías y banalidades.

Alba Pujol se viste y desviste en continuación de su rol de hija, para entrar en el rol de actriz; pero de una actriz que, como ella misma dice al comienzo, interpreta sí misma, «que aunque lo parezca, no es fácil».
En el famoso escrito del Paradojo del comediante, Diderot nos señala que “la extremada sensibilidad es la que hace los actores mediocres; la sensibilidad media, la muchedumbre de los malos actores y la carencia absoluta de sensibilidad, la que prepara los actores sublimes. Las lágrimas del comediante descienden de su cerebro; las del hombre sensible suben de su corazón”. Sin entrar en el específico de uno de los paradojos que, a lo largo del tiempo, ha suscitado muchos debates y muchas interpretaciones, Diderot nos habla de una sensibilidad que tiene que ser manejada de forma correcta: el grande actor es, entonces, el que sabe reconstruir sus emociones a través de un trabajo con mente fría.

¿Y qué es el rol que Alba interpreta sino una prueba del paradojo de Diderot?
La sensibilidad le ha permitido afrontar las charlas – entrevistas con el padre al borde de la muerte y decidir ponerlas por escrito; el raciocinio y la lucidez le permiten subir sobre el escenario para representar uno de los dramas más duros de su vida: la muerte de su padre. En una muy buena interacción con Pep Cruz que interpreta el padre, Alba Pujol pasa a través del conflicto de interés por ser hija e interprete de sí misma, pasando a través del paradojo de Diderot: no falta por supuesto la tristeza en sus ojos, a ratos están húmedos por las lágrimas, pero cada vez que mira a su colega de escenario parece realmente que allí esté su padre.

El espectáculo se ha representado con la ocasión del 38º Festival de Otoño:
Teatro de la Abadía

Calle de Fernández de los Ríos, 42 – Madrid

Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero
dirección Àlex Rigola
asesoría a la dramaturgia Alba Pujo, Dobrin Plamenov, Irene Vicente
con Alba Pujol, Pep Cruz
espacio escénico Max Glaenzel
jefe técnico Igor pinto
producción ejecutiva Irene Vicente
coproducción Sala Beckett, Titus Andrònic, SL, Heartbreak Hotel y Temporada Alta 2019

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